martes, 4 de agosto de 2009

Cáncer

Me sentí estúpidamente enfermo, adelante de una maquina escribiendo una respuesta a una pregunta que no logro recordar. Intente fijar la hora en aquel reloj blanco, perfectamente redondo, pero estaba ligeramente rajado, marca las 4.25 de la madrugada (siempre son las 4.25 de la madrugada). Termine de escribir aquella respuesta, me costo levantarme, sentí el cansancio absoluto de mi cuerpo. Las sillas, la mesa, la puerta y la oscuridad se mezclaron en un impaciente vacío. Caí duramente al piso de madera, empecé como a levitar a unos pocos centímetros del suelo, aquel cuerpo (mi cuerpo) yacía horizontal. Percibí el temor en mi espalda, misteriosamente me hundí en el suelo, verdaderamente quise llorar, pero una parte de mi lo impedía. Intente gritar, pero como en todas las pesadillas esos gritos eran inexistentes. En vez de producir algún ruido, de mi boca salían pequeños conejos enfermizos, con los orbitas de los ojos desorientados, las pequeñas narices rosadas y los dientes pálidamente blancos. La tenua luz de la maquina refleja el sutil techo que se aleja en cada intento de grito, me sentí estúpidamente enfermo. Me hundía mas y mas, pero físicamente estaba en la misma posición en aquel mugriento piso de madera de la casa. Sin esperarlo, tampoco, sin intentarlo me levante, como si nada hubiera pasado. Físicamente ese suceso era inexplicable y poco razonable. ¿Quien dice que es razonable o no? Volaba de fiebre. Aquellos vacíos han desaparecido, se habían quebrado cuando intentaba gritar en el suelo. Los pequeños conejos se refugiaron en las pequeñas fisuras que sobresalían de mis venas.
Salí al patio, seguramente para buscar agua para tomar, o para mojarme la nuca, pero no, me detuve a mirar hacia la penumbra del cielo. Como siempre esta la luna, tan cerca de la palma de la mano. El toldo cortaba en tajos la cara de la luna, igual seguía iluminando. Me dirigí hacia la habitación de mis padres, para preguntarle donde están las pastillas que me ayudarían a bajar la espantosa fiebre. Me sentí estúpidamente enfermo. Dos bultos inmóviles tapados con una frazada hasta la cabeza, (boca abajo) se les veía los pocos pelos que salían de las sabanas y la almohada. Les toque la espalda, ligeramente, oí el opaco chillido de los conejos en la oscuridad, los mire, sus ojos brillaban con un color extremadamente rojizos. Golpee el suelo con el piel, se asustaron y regresaron en el abismo que salía de mi brazo izquierdo. Voltee de nuevo hacia mis padres, pero la cama y ellos no estaban, solo mas madera podrida. Sentí una especie de percepción absoluta, los objetos se hundía en su propia proporción. Parpadee, sentí mi parpados quemarse con mi temperatura corporal. Desde afuera se podía escuchar el retroceso de una ola. Salí al patio de nuevo, el lugar se volvía a vaciar, se mezclaban y mutaban, desaforadamente. Caí lentamente al suelo, otra vez trate de gritar, no salio ningún sonido, tampoco conejos. Me hundí en el ligersico suelo de piedra caliza del patio. En la penumbra del cielo vi un objeto metálico, la luna lo iluminaba vagamente. Era de un color ceniza, mas bien negro. De su frente destellaba el color azulesco del mar que se acercaba furiosamente por las calles bajas de la cuidad. En su contorno desprende un verde fosforescente, se movía con gracia, se balanceaba como un murciélago. Me ahogue en su presencia. Tenia los labios con sabor a sal vieja por la densa espuma del mar, entre las profundidades, la luna no ilumina como noche anteriores. Recordé aquella pregunta de minutos antes, miro de nuevo el reloj ligeramente tajado, me sentí estúpidamente enfermo.

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