
Estaba temblando,
los ojos cristalizaron en lagrimas,
su antebrazo sangraba.
Borro algunas palabras de su mente,
las únicas que permanecían en su cabeza.
Se sentó en el frío e oscuro mármol del del piso del baño,
la sangre corría de su brazo,
una marca morada latía frenéticamente,
arriba de las tres líneas ardientes.
Pensó, no había nada que pensar.
Cerro sus ojos,
se mantuvo abrazado a sus rodillas,
lo escucho nombrar anteriormente como un insignificante insecto
comparado con la infinidad del universo.
Soltó el cigarrillo, sus dedos ya no resistieron.
Las personas no piensan porque él trata de escapar de ellas.
No,
en realidad no hay escape.
Lloro un rato,
vomito en el inodoro,
también de sus boca caían lagrimas.
Lagrimas que no podrán inundar el pequeño hueco de su cerebro,
que nunca podrá cicatrizar,
tampoco un millón de palabras en ranuras de puertas oxidadas,
o bolsas con niños pudriéndose por el frío viento de las mañanas.
Pero aquel hueco,
en el cerebro,
es mas audaz e inteligente que el propio Ser de cada uno,
aquellas estupideces son importantes para sentirse presente
en un mundo que se destruye cada segundo
(hoy el mundo no esta peor que ayer)
¿Quien puede hablar de sentimientos si nunca los tubo?
pero algún día los tendrá,
pero hoy es ausencia.
Quien podrá decirles cuantas botellas ha roto,
si no pudo escuchar aquellos suaves vidrios estrellarse con el papel
de las calles malgastadas de la cuidad.
Lo único que le queda es plantar jazmines bajo la suave brisa de invierno,
porque las lagrimas son fruto de vida,
de pureza magnifica.
Ya que lo único que pudo juntar en aquel bosque
fueron semillas de dichas flores.
Que crecerán en algún futuro pero no sabe que pasará ya que la vida,
al fin y al cabo,
es el instante que registramos cada segundo con nuestros pálidos ojos,
aquellos ojos cristalizados por la lagrimas,
que ayudaran para que nazcan los maravillosos jazmines,
tan bellas jamás visto,
en la profundidad de su vacío.
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