lunes, 31 de mayo de 2010

No fue lo esperado

Veía a mi padre, postrado en la camilla, millones de cables le traspasaba el cuerpo hundido de fiebre. Parece tan débil, impotente. No es como las otras veces, que sus ojos eran como una tormenta sobre exaltada de furia, sus palabras como el viento violento, ya todo eso se fue apagando de a poco. Y ahora, tan indefenso como un pequeño perro mojado. No me importaba, pero era tan visible que solo le quedan horas de vida. Poseía unas enormes bolsas negras debajo de sus ojos casi ausentes. Padece de una palidez latente, como las sabanas, el mármol blanco de las paredes, como los glóbulos blancos del elefante muerto. El sabia que no me importará como terminase, pero es inevitable no estar triste o solo un poco. Miró de reojo al otro lado de la camilla, trato de moverse, pero los tubos que respiran por el retrasa cada movimiento, jadea un poco.
-¿Te ayudo?-, murmuré casi sin hablar.
-Alcánzame esa cajita...-, vociferó mi padre.
Me pare, di la vuelta a la camilla, diviso una pequeña caja de cartón. La agarré. Era liviana, suave como ojos de terciopelo. Se la deje a un costado de sus piernas, entre el brazo derecho. Me volví a la silla.
-Es para vos...-, susurró, mirando el piso.
No esperaba ningún objeto proveniente de el, pero si solo era su ultimo pedido de piedad, lo dude...lo sostuve nuevamente en mis manos.
-¿Que es?, pregunte.
-Solo lo abrirás cuando sepas que es el momento indicado-. ¿Es como esas películas donde muere el viejo y le deja una pequeña herencia al niño, que lo guiará toda su vida?, pensé. No fue lo que esperaba.
-Ahora...-, dijo mi padre con ojos de tormenta- Ándate de acá pendejo-. ¿No podríamos terminar en paz?, ¿era necesario decir eso, acaso no podría sacarse su maldito orgullo?
Me levanté y salí, al irme eche la mirada hacia atrás, y veía su cara desvanecerse, había cerrado los ojos durante mi transcurso a la puerta. Ese fuego que posee la gente la vi desaparecer en mi padre. Una gran línea cruzaba parte de su corazón y luego se fue. La vi a mi madre llorar en el pasillo, a mis hermanos y una gran masa de gente derramando lagrimas en el pasillo. Me dolía ver a mi madre llorar así.
Tenia la necesidad de salir, ya no soportaba ese hedor a flores de hospital. Era un día esplendido, lleno de luz, de mariposas y de gaviotas que rebosan de tanta vida. Los muertos no me necesitan. Caminé algunas cuadras, sostenía la caja en mi mano izquierda. Parece que no llevase nada adentro, seria una gran paradoja viniendo de mi padre. Pero tenia la duda. Había una plaza, horriblemente enrejada, entre y me senté debajo de un árbol que hacia algo de sombra.
"¿Ha muerto mi padre?", pensé..."si" respondí rápidamente. Sumergí la mano en unos de los bolsillo del pantalón y saque un cigarro aplastado, lo prendí y lo fume lentamente. Levanta la caja y la puse entre mis piernas, no sabia si era el "momento indicado", pero lo abrí. Una gran flor azul asomo luego que quitase por completo la tapa. Mierda, era tan hermosa, luminosa. Un azul profundo como el abismo del océano. No se por que, pero no la podía tenerla tanto tiempo en las manos. Sinceramente no era para mí esa hermosa flor. Una pequeña pelota roja rebota en mis piernas, se acerca una niña. Tenía un lindo vestido celeste con rosas en los bordes.
-Que linda flor señor-. Rió la niña. Cierro la caja con la flor dentro, la extiendo sobre la redonda cara de la niña.
-¿Para mi?-, no dije nada, solo asistí con la cabeza moviéndola pálidamente hacia abajo y arriba. Agarro la caja, luego la pelota y se fue brincando, luego se confundió con la gente.
Termine el cigarro y oscurecía. Me levante y me fui de la plaza. Las luces del día se habían ido. Me pareció que esa tarde fue el momento indicado para abrir esa caja.
La niña se habrá olvidado de la flor, pero como en el primer momento que miramos la flor, fue lo más hermoso que vimos en aquel día.

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