viernes, 14 de mayo de 2010

Padre

No alcanzaba los 7 años, y podía comprender lo raro que es la vida. La lluvia borraba los rayones de tizas que dibuje en el suelo, las mariposas se habían ido hacia otro lugar, donde yo no podía verlas. Lloraban por alguna razón, pero no me importaba. Recuerdo el patio inundado de hojas secas y el ladrido de los perros que subían y bajaban las escaleras. Tenía puesto unos zapatos de mi madre, mis pequeños dedos no alcanzaban la punta de los zapatos, no podía caminar muy bien, pero me gustaba llevarlos. Ese día llovía toda la tarde, había pocos rayos de sol y un cielo anaranjado con nubes volátiles. El gato que bajaba del hotel de arriba se había acostado en la entrada del comedor, le molestaba que salpicaran las gotas en sus ojos. Lo lleve hacia mi pieza y lo arrope con algunas sabanas. Le acaricia la cabeza y empezó a ronronear, tenía los ojos más profundos que vi en mi vida. Celeste y grises, como las cenizas del cigarrillo que fumaba mi madre antes de ir a trabajar. Limpiaba en una casa, o algo parecido, los dueños siempre llegaban demasiado tarde a su casa y mi madre, preocupada por nosotros, volvía sin una moneda. Una sola vez la vi demasiada contenta.
Como todas las noches, mi padre va a la estación Constitución a vender desodorantes, iba y volvía en los trenes. Veía todos los paisajes repetidos en sus sueños, a veces se levantaba con la lejanía del ruido de los motores oxidados de los trenes. Esa noche, cuando la lluvia dejo de caer, le pedí si lo podía acompañar. Solo movió la cabeza hacia arriba y abajo. Dejamos atrás la puerta de madera podrida de nuestra casa, y caminamos algunas cuadras, yo saltaba los pequeños charcos que agua cristalina, mi padre me gritaba diciendo "¡No me mojes los pantalones!". Igual, yo lo seguía haciendo, tratando de no salpicar mucha agua.
La estación estaba impregno de personas, se movían como las cucarachas al ver la luz. Sus caras eran borrosas, de un color cobre oxidado. Nos posamos abajo del reloj que marcaba las 8 de la noche. Las agujas hacían un ruido metálico en toda la estación. Esperamos a alguien, parece, no lo se. De un lado del reloj, una mujer pelirroja movía los tacones con desden, y produciendo un orgasmo en su pelo enredado. Saludo a mi padre con tanta gracia, sus ojos escondían algo, sus caras padecían un profundo secreto. Se reían, y me miraban, yo trataba de desviar la vista hacia unos de los puestos de comida chatarra. Cuando despintaban sus miradas de mi, los veía de reojo, como se agarraban de la mano, se reían, todo el tiempo se reían. Nunca vi a mi padre reír así con mi madre. A veces la vida es rara. No se por que lo hice, ni tampoco por que lo volvería a hacer, corrí hacia aquellas dos personas, la pelirroja y me padre. Yo reía, ahora ellos no tanto, zamarreé el bolso con los desodorantes. El bolso se rompió y cayó en el suelo. Los desodorantes rodaron por la estación, algunos desaparecieron entre la gente. Mi padre trato de guardar la mayor cantidad posible, su cara de redujo a un gran cero, sus cejas se tornaron viento y su boca como una gran trituradora de carne. Sus ojos se dieron vuelta, y dejo de reír, tiro un manotazo en mi cabeza y caí contra el suelo. Algunos relámpagos explotaron en mi cráneo, un fluido olvidado corrió por mis vértebras, deje de sonreír y la gente camina indiferente. Olvide todo lo sucedido, el también, la pelirroja se había ido hacia los andenes. Esa noche olvide quien realmente era, desde ese momento la única solución era tirarse al piso y luego olvidar las lagrimas de mi madre. Mi padre esa noche no dijo ninguna palabra, yo tampoco. ¿Todo eso fue un sueño?, creo que no.

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