Fue un día de nubes lloronas cuando me dispuse a
que la lluvia me llevase al océano. Esperaba ansioso
debajo de un árbol, a unos metro un pequeño pajarito
recién nacido yace estampado en el pavimento. Era
joven para volar, lo que mas se le notaba eran las
pequeñas vértebras y el orificio del ojo derecho.
Seguía lloviendo y las ratas empezaron a emerger
de las alcantarillas inundadas. Las calles estaban vacías,
solo era presente las grandes gotas cayendo del cielo.
Era algo triste y hermoso. Tanta agua para bañar a millones
de caballos marinos, y los peces sabrán aprovechar la oportunidad
para besarnos los talones. Yo seguí esperando una gran ola
que me ahogase y me tirase cerca del mar, pero eso no sucedió.
Dejo de llover, las ratas volvieron a las alcantarillas, los peces
besaron algunos tobillos y volvieron a los arroyos, los escucho
toneladas de agua yendo para un singular lugar. Las piedras
son movidas con la fuerza del agua. Tanta agua, pero ninguna gota
me toco los hombros, y todavía seguía seco, debajo del árbol,
esperando que volviera a llover y que una gran ola cayera de abismo
y me llevase lejos de todo. Lejos del orificio vació del pájaro muerto que
sonríe desde el pavimento.
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