miércoles, 15 de julio de 2009

Absurda cuidad

Son aquellas calles frías, en esas veredas sucias. Las casas se levantan a lo infinito del cielo. Las nubes se posan en los ventanales de los edificios. A veces cae algún rayo de sol, pero de vez en cuando. Cuando una persona yace degollada en la esquina de Lima y Solís, aho es cuando verdaderamente sale el sol. Pero siempre los pájaros lloran, humedeciendo los diarios viejos del suelo. Las personas no tiene rostros, emergen desde la oscuridad de las esquinas. Destierran las cruces clavadas debajo de las autopistas, en los días de constantes lluvia. Las gotas caen con tan fuerza, que deja en el aire aquel sonido de autos mutilados en el pavimento. Cada una de aquellas personas poseen un cable de color azul marino, que les cuelga del estomago. Tiene ampollas y suciedad. Están indiferentemente conectados, sin darse cuanta, se ahorcan con ese cable, todos los días. En cada momento. Nadie se ve, tampoco miran a los demás. Los borrachos de las plazas tratan de contarlo, con botellas rotas, con sus dientes irregulares. Se huele ese liquido, tan desesperarlo para mencionarlo. Las mariposas toman la amarga sustancia. Mueren al día siguiente por falta de luz. Por las noches, en las terrazas, donde ni una sombra se refleja, los bebes rompen en llanto.
Lloran por cada relámpago mudo
Lloran por cada gota de lluvia al chocar en la frente de cada niño en la vereda
Lloran por cada murmullo de los gatos al caer de los techos
Lloran por cada dispara hacia el espejismo del cielo
Lloran por cada "Por favor, decime algo"

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