martes, 8 de septiembre de 2009

No le digan, en la cara de la luna*




Crujían las noches durante toda su vida, la lluvia cae como la única luz que la ilumina como cristales cayendo en el auto contra sus sueños. En cada sonido fugaz, opaco, que estabiliza al tabaco, en su labio, en la cara de la luna. Enciende sonoridad, recuerda los holandeses, lo sueña cada vez, lo recordaba, en el día, de un modo feliz, con esperanza.
Camina con su hija de doce años en la vereda. Encuentra en la luna un cigarro, lo pretende apagar, escucha a los peces reír, empapados, soporto un rato mas las suaves y pequeñas risas. La misma noche, Rita, pareció escuchar el penoso sonido de ninguna respuesta. Es vacía. Mete la llave en las nubes que se acercan, oye el precario toldo que camina delante de los ecos de las ruedas. Conoce al dueño de tales maquinas. Rita sostiene algunos problemas, mientras el pavimente se humedece delante de su hija y su mirada perdida. Se echo en el parque, las siluetas claras, indiferente, solo maquinas. Le dio tres secas y saco el despertador, tuvo un impulso, lo apago en la botella, lo dejo derritiéndose en el patio, tomo un poco de vino y lo dejo en el piso, en la oscuridad del patio. Nerviosa dijo: "¿Porque el perturbador sonido proviene de su oreja?", Los cristales caen, realmente, se hunde, en la arenilla fina de la luna, como en cada botella al romper. Sus ojos son marrones, una luz opaca lo ilumina, ahí adentro es insoportable. Las estrellas emanan una neblina brillante, tan blanda como los sentimientos, vacía retirada de la oscuridad. Vacía en las estrellas, como ojos en los desiertos grises de su cabeza, la música cae en el desierto de su estrella, murmura. Toda la vida imagina, sonriendo, la única luz que ilumina en su sueño lúcido, en cada espejo precario de los siniestros mármoles blanco del piso, espera un día real con un traje ridículo, con un muñeco de madera que murmura pocas palabras. Afuera, la cuidad arde, siente el aire fresco y realmente entusiasmado dice sin palabras: "No le digan a nadie que estamos así". "Discúlpame, rara vez toco el piso de noche", recordó al holandés cerrar sus ojos entre el meo de los perros caídos en el pavimento húmedo de la Normalidad. Sopla verdaderamente fuerte ante sus ojos. También recordó, la boca del holandés cosida con los cristales del cuerpo. Rita se toca el bolsillo derecho, aplasta una cucaracha, ahí adentro, el aire se agita, se vacía en la oscuridad, enciende su sueño lucido, silencioso, de un color opaco muerto, envolviendo en una neblina brillosa. Sintió el aire fresco que la ilumina, indiferente, como tales maquinas.

*El siniestro metodo del cut up, durante el fresco aire de la canilla abierta

2 comentarios:

  1. el subrealismo es muy complejo...demasiado para mi putrefacto cerebro...

    lucky :)

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  2. La desesperación

    Me gusta ver el cielo
    con negros nubarrones
    y oír los aquilones
    horrísonos bramar,
    me gusta ver la noche
    sin luna y sin estrellas,
    y sólo las centellas la tierra iluminar.

    Me agrada un cementerio
    de muertos bien relleno,
    manando sangre y cieno
    que impida el respirar,
    y allí un sepulturero
    de tétrica mirada
    con mano despiadada
    los cráneos machacar.

    Me alegra ver la bomba
    caer mansa del cielo,
    e inmóvil en el suelo,
    sin mecha al parecer,
    y luego embravecida
    que estalla y que se agita
    y rayos mil vomita
    y muertos por doquier.

    Que el trueno me despierte
    con su ronco estampido,
    y al mundo adormecido
    le haga estremecer,
    que rayos cada instante
    caigan sobre él sin cuento,
    que se hunda el firmamento
    me agrada mucho ver.

    La llama de un incendio
    que corra devorando
    y muertos apilando
    quisiera yo encender;
    tostarse allí un anciano,
    volverse todo tea,
    y oír como chirrea
    ¡qué gusto!, ¡qué placer!

    Me gusta una campiña
    de nieve tapizada,
    de flores despojada,
    sin fruto, sin verdor,
    ni pájaros que canten,
    ni sol haya que alumbre
    y sólo se vislumbre
    la muerte en derredor.

    Allá, en sombrío monte,
    solar desmantelado,
    me place en sumo grado
    la luna al reflejar,
    moverse las veletas
    con áspero chirrido
    igual al alarido
    que anuncia el expirar.

    Me gusta que al Averno
    lleven a los mortales
    y allí todos los males
    les hagan padecer;
    les abran las entrañas,
    les rasguen los tendones,
    rompan los corazones
    sin de ayes caso hacer.

    Insólita avenida
    que inunda fértil vega,
    de cumbre en cumbre llega,
    y arrasa por doquier;
    se lleva los ganados
    y las vides sin pausa,
    y estragos miles causa,
    ¡qué gusto!, ¡qué placer!

    Las voces y las risas,
    el juego, las botellas,
    en torno de las bellas
    alegres apurar;
    y en sus lascivas bocas,
    con voluptuoso halago,
    un beso a cada trago
    alegres estampar.

    Romper después las copas,
    los platos, las barajas,
    y abiertas las navajas,
    buscando el corazón;
    oír luego los brindis
    mezclados con quejidos
    que lanzan los heridos
    en llanto y confusión.

    Me alegra oír al uno
    pedir a voces vino,
    mientras que su vecino
    se cae en un rincón;
    y que otros ya borrachos,
    en trino desusado,
    cantan al dios vendado
    impúdica canción.

    Me agradan las queridas
    tendidas en los lechos,
    sin chales en los pechos
    y flojo el cinturón,
    mostrando sus encantos,
    sin orden el cabello,
    al aire el muslo bello...
    ¡Qué gozo!, ¡qué ilusión!

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