Luminoso espíritu, que con tu manzana dorada me has alimentado, cruzaste miles de mares, por lluviosos desiertos solo por volver a mi cuerpo, transparencia de tu cercano cielo. Ojos de tus rayos dulces. Tengo la enorme necesidad de matarte nuevamente. Mi lucidez te oxidaría, es mejor diluirte por completo. Mi cuerpo permanecerá suspendido, sano, un cuerpo sano interpreta mejor las acciones y pensamientos. Limpiare tu rastro por completo de la posible razón que contemplaría luego de ver tu ocaso por las tardes.
La muerte del espíritu desatará el principio de todo, algo que entrelazó el espíritu y mi cuerpo, tal vez por un nudo dentro de la realidad, desdichada de hombres que predican la muerte. Estoy volando, paso por debajo de mí, soy mi propio ser, el yo padece de calos cadavéricos. El ser sin espíritu se trasforma en un niño, lleno de esperanza, inquieto, primavera pasajera, un juego terminal. Un círculo solar hecho de arenilla. De lejos se lo ve con perfección casi inhumana, pero cuando uno se acerca se puede apreciar es fisuras producidas por el tiempo.
La pesadez del tiempo nos hace sentir una nube oscura en el inmenso del cielo, esperando llover. También crea una cuerda al cuello uniéndose a la tierra, igual que un árbol. Un árbol es un simple árbol, pero no es motivo de cuestionarlo, el árbol sabe hasta dónde crecer. No tomara más altura, con más altura más sus raíces tendrán que perforar el abismo de la tierra. Un simple viento lo doblaría y quizás se quiebre, pero esta acá creció, escondiendo lo maravilloso de sus raíces cristalinas al pequeño rayo que desprende el espíritu cuando vuelve a nacer.
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