sábado, 24 de octubre de 2009

Dulce Amor

"Dulce Amor", repitió durante todo el transcurso del viaje, volvía al olvidado Barrio Niebla. Sostiene una botella de cerveza barata que había comprado 5 minutos antes en unos de esos autoservicios que esconden sus luces en el precario cartel luminoso que flamea al ras del viento seco de la mañana. Se ven los primeros rayos de sol. Hace 3 semanas que no duerme, tampoco se alimenta debidamente, pero nunca le falta sus botellas de alcohol de colores extraños.
Su manga cuelga de su huesudo brazo empapada con sangre cero negativo, en su bolsillo un mecho de pelo ondulado, color negro, los círculos se destruye en su bolsillo ahogado
en cloroformo. Su boca permanecía púrpura, pero se esconde por el intenso rojo del lápiz labial que a ella tanto le gusta.
Dulce amor
Dulce amor, sonrío al recordar el grito de miedo y dolor cuando ella vio el hacha dirigiéndose a su cráneo, como un ser omnipotente dudo que hubiera sentido algo debido a la gran cantidad de cloroformo que colapsa el sistema nervioso. Se despidió con un beso en la boca, el lápiz labial se pego en sus labios y la sangre rodaba por su rostro. Dejo una carta donde desafortunadamente estaba escrito en un proceso de brote psicótico, las letras se hundían en un punto blanco que la hoja dejaba al descubierto.
-Debió haber sido una persona muy cercana, asumo que algo de intimidad hubo de haber, para matar de esa forma- le dijo el inspector forense a su asistente que escribía cada entupida palabra que pronunciaba su superior.
Los flashes de las cámaras reflejan los vicios de la humanidad y la cara pálida e espectral de la madre al entrar en la escena del crimen.
Destapa otra cerveza, mira como se derrumba las agujas del reloj que marca la 8 de la mañana. Un hombre finamente vestido con un vestido romano antiguo subo al colectivo, empieza a hablar sin mover los labios, las otras personas escuchan con atención, como si escuchasen alguna sonoridad proveniente de su húmeda boca. Reparte unos volantes, extiende su brazo y me da un folleto, empieza a hablar sin mover los labios.
-¿Como puedo oírte si tus labios no se mueven?-
-Es que los ángeles hablan a nuestras almas, al nuestro interior-
Trata de leer el folleto, el alcohol en sus ojos le dificulta la lectura. "Apertura de una iglesia católica", en medio de la carreta, al merced de los rayos del sol, antes los ojos de Dios, las cucarachas muertas. El hombre vuelve hacia él, le devuelve el folleto.
-Dios no existe, y es idiota
-El malo conoce al bueno, pero el bueno no conoce al malo-
El hombrecillo baja en una cabina telefónica, adentro del polvo marrón del árido paisaje.
Termina la botella que abrió anteriormente y baja en un pequeño pueblo, las calles flotan como la neblina que sale de las cañerías. Fue al mercado de rarezas, compro dos vinos cortados. Bajo por la calle principal, cerca del puerto, camino unas cuadras y llego a los diques. Subió por las escaleras los 7 pisos, tenia un cigarro en la boca, los fuma lentamente. Desde el pasillo se podía oler el denso hedor del cianuro, metió la llave como puedo. Un fino humo blanco escapo entre la puerta semi abierta y la pared. Ese mismo humo rodea el cuerpo pálido del hombre que yace en la cama, de su boca sale una especie de arena burbujeante, gotea en el piso, produce un delicado sonido. Su brazo sostiene un trozo de pelo blanco, gastado por el cloroformo, las mangas de la camisa permanecía duras por la sangre coagulada, las botellas de vino en el piso, vacías, no había vidrios rotos. El pájaro verde brillante ha roto sus cadena y se libero entre las chimeneas de las fabricas, expulsando humo creadores de fantasmas entupidos y dóciles. Atraviesa el humo y se hunde en el mar, a veces aparece para tomar un poco de aire. Entre carcajadas suspira, se acerca al hombre, sus ojos se voltearon para atrás, su lengua se hundió en su garganta. Toca sus rojizos labios, mira sus dedos, un tinto rojo recorre sus falanges, sonríe, "Dulce Amor"

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