No sabría explicar la relación de las nubes anaranjadas con el destino, ¿Reflejaría algo en este lugar?, solo se que decidí sentarme acá o allá, bajo ese cielo naranja. Se puede ver pequeños trozos de cielo celeste. El lugar se encuentra muy poco transitado, será porque es muy temprano para las personas que fingen soñar o dejan pasar un atardecer muy hipnótico y silencioso pero muy hermoso. Un hombre, aburrido consigo mismo, se sienta en un banco verde a unos siete metros de acá. Quien sabe porque.
Minúscula social y personalmente. Pantalones cortos y remera viva. También se deja contemplar por el cielo naranja. Un esplendor mutuo. Sus ojos son estridentes y suaves, no pestañea desde que se sentó ahí. Lucido y sonriente, parece feliz al mirar las nubes anaranjadas. La tarde noche decaía. Sexo, drogas y alcohol. Miles de personas salen como cucarachas al prender la luz, inundando el lugar en un desierto de personas. Este tipo sigue ahí, mirando hacia el cielo, la noche entra con sus enfermedades y miedo mientras las nubes toman un color naranja oscuro. Mire hacia arriba buscando una realidad que había encontrado en hombre en las nubes, baje la vista con desilusión. El hombre se escapo de la vista de todos, pero a nadie le importa. Lo busque con la vista y lo vi, salio de un almacén con una botella de vino barato entre los dedos. Las nubes siguen ahí, el hombre se deja llevar hacia allá. Una estrella rompe en el cielo y empieza a brillar, pequeña y delicada, al mirar la estrella, el hombre, da el primer trago de vino.
Las personas caminan indiferentes, irreales.
Las horas pasan, la noche oscurece y el hombre sigue en la misma posición, el vino derretía sus sueños y lo mantiene despierto, lucido en sus manos. Desde lejos se ve otro hombre, nada en especial, solo sus zapatos brillantes. Se determina a caminar hacia el banco donde se encuentra el hombre, que sin darse cuenta, sigue mirando el cielo. Se sienta al lado y le dice:
-Que extrañas esas nubes- Se prende un cigarro y sigue hablando-
-Soy Juan, los rostros se ven feos cuando estás solo.
-Si, las calles son desiguales cuando estás abajo.
El hombre le pasa la botella a Juan y siguen así varias horas, tomando vino y viendo el cielo. El banco se llenaba de botellas vacías y suciedad. Las nubes se acercan a la vista de estos dos hombres, están grises y desatan música y luces blancas. La estrella que iluminaba el cielo cerro sus ojos, ahora esta débil y volátil.
En la ruidosa cuidad, el hombre rompe el aire y dice:
-Mira, empezó a llover.- Con voz seca y nasal. -Todo a la realidad.-
Los rostros salen de la lluvia.
Juan lo mira y le pregunta con imparcialidad:
-Ahora qué?
-Empecemos de nuevo- dijo el hombre mientras se sube la remera hasta el torso.
-Nadie recuerda tu nombre- dice Juan saboreando el vino.
Rompe la botella que tiene en la mano y empieza a clavar los dientes irregulares del vidrio en el cuerpo del hombre, mientras este grita figuras inexistentes. Juan abre un orificio en el estomago del hombre, saca un puñado de carne viva y lo guarda en un bolsa con botellas vacías y se va.
Las personas caminan indiferentes, irreales.
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