sábado, 6 de febrero de 2010

Alquitrán, Adiós

Tengo guardado en el bolsillo de la camisa mi ultimo placer que consideré como un enlace físico de mi mano derecha. Como un enchufe por donde no pasa electricidad ni la luces de los días. Tengo una pared que da sombra en lo que vemos constantemente mientras lloramos, lo realizamos como una especie primitiva en su reproducción evolutiva. MONO VE, MONO QUIERE. Se sonroja en deformaciones biológicas al verse en la sombra. Cagan en sus movimientos desequilibrados con una jeringa de basura en el cuello del simio. El mono se reclina con la cabeza adelante para escuchar los pedidos del hombre vestido de blanco, el gran, estúpido mono se inclina y se coloca la cabeza en la postura fetal de las sucias manos del traje blanco. El hombre agarra una especie de rueda de dientes oxidados por la sangre coagulada, extrañamente se abre paso al celebro en carne viva del mono, una fina película de una membrana transparentes protege vagamente la gelatinosa masa gris. El hombre basura blanca se saca los guantes de látex y endurece su pene con un constante manejo de sus débiles manos. La punta permanece al rojo blanco del viento vagabundo, hedor a esperma vencido. Se acerca al cerebro que late frenéticamente y penetra en unas de las fisuras del parental izquierdo, jadea, produciendo una ansia perpetua. Continua penetrando el cerebro mientras que el gran simio colapsa en alucinaciones perversas y delirantes. El hombre blanco sigue moviendo y aumenta la velocidad, sin esperar nada de su cuerpo, acaba dentro de los sentimientos del primate, y se aleja, se ve el traje blanco yéndose por el lado oscuro de la habitación. El cenicero se marchito por las flores débiles, soportaba con ansias unos nuevos pétalos rojos, como las de una frutilla madura.

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