Nuestros ojos enrojecieron como una ínfima gota de vino en el mar. Las olas rugían suavemente acompañadas con el rasgueo de las piedras contra la arena. Una vela iluminaba nuestras caras, saboreando su humo denso impregno de trozos de flores rotas.
La luna yacía fina, gris, sumergiendo nuestros sentidos en el amplio bosque que teníamos como jardín. El camino iba desapareciendo en forma de polvo gris hacia la oscuridad en algún lugar. Los árboles chocaban entre si, devorando nuestras mentes con aullidos negros y míticos.
Las paredes sugerían una leve tensión, mientras que las luces de las luciérnagas prendían y apagaban como una obra de teatro en tiempos dóciles y fríos. Nuestros pensamientos volaban como hacían aquellos insectos, sin perder la luz en la oscuridad.
Los sonidos que provenían desde lo lejos de aquellas paredes producían una gran orquesta, música natural, en muchos puntos de vista, real.
Teníamos el mundo detrás de nuestras espaldas, atravesando el universo en laberintos. Guardando esos sentidos en nuestras mentes, iluminado por nuestros inconcientes y por una pequeña linterna que jugaba yendo en mano a mano.