Sumergido en un océano dentro de una caja de espejos escapamos entre los corales, un tiburón tigre casi muerde la pierna de Luca, pero solo raspo la trompa. Se ve la luz de un sol purpurina cayendo detrás de los espejos de la superficie marina enjaulada como un laberinto de neon. Veo por todos lados peces de corales, todo un arcoiris distorsionado, una hilera de manta rayas gigantes pasan arriba nuestro, topando momentáneamente el sol. Mire hacia mi derecha, un abismo aterciopelado devora las frías aguas taciturnas que parece descansar como las montañas en las noches. Justo arriba de ese abismo un estante y un desierto encima de él. Infinitos destellos salen de ahí, empezaron a ondular en mis ojos, lienzos de neon en colores fuego ilumina tenuemente el abismo. Mientras me acercaba verticalmente los veía perplejo, Soledad da una vuelta delante mío y me agarra el brazo enganchando su brazo, como un gancho y gira rotundamente, cambiando por desgracia de camino. “Son las hermosas sirenas cantando melodías melancólicas” digo, Soledad me mira y muestra su dientes, tan suave como una sonrisa. Un enorme tiburón ballena se topa con nosotros y pega en unos de los espejos, nadie previo su presencia. Todo empezó a vaciarse en esa lluvia de vidrio, nos sostuvimos en las luces de neon que parecía no afectarle la fuerte succión del vació. Todo ese océano perdido se había ido y el día es nublado, brilla con nubes grises, las paredes de yeso blanco, un domingo. Luca se sentó apoyado en una pared, Soledad permaneció parada en el medio de un cruce. De un costado de la vista una mujer con un cabello hermoso castaño apareció, como dije, con el mejor punto de vista que puede tener un ser, apareció con otros dos tipos mas, los tipos traen remeras vivas pero sus rostros decían lo contrario. La mujer lleva un vestido largo verde de seda, levanta la mano blanca y brilla un tenedor en sus dedos largos, de colmillos como los de lobos. Se acerca abruptamente y tira algunos manotazos, los esquivo, tirando el cuerpo contra la corriente. En la confusión, nadie hace nada, tienen la cara en proceso de desaparecer. Veo los techos de las terrazas, me muevo lento y salto en los hombros de Luca, el se levanta para que alcance la cima de las paredes. La mujer de cabello castaño trata de agarrarme los tobillos, pataleo como presa moribunda y logro subir al techo. La mujer vuelve hasta el cruce de dos cominos, subo alguno escalones de yeso fundido en barro, ella me mira y tira el tenedor, no lleva a darme, lo agarro y me guardo dentro del estomago.
“Hay bombas en toda la terraza, este botón podrá terminar con todo esto” y saca un pequeño mamífero cancerigeno y lo presiona con sus dedos largos y blancos, el bulto hace unos mugidos, pero nada pasa, aprieta varias veces hasta hacer sangrar al espécimen, lo tira y hace una seña a los dos matones, la ayudan a subir, corre hacia las otras terrazas, veo una puerta en el piso, la abro, pero ella llega primero a bajar, pasa por un telón negro que cuelga de dos ganchos grises. Luego bajo yo, paso la cortina negra, y la veo a ella desnuda, con el pelo suelto entre los hombros, los labios apenas abiertos, las manos detrás y las piernas entrecruzadas levemente, atrás de ella una puerta.
“¿Qué puedo hacer?” dice ella, mojándose los labios. Saco el tenedor de mi estomago y lo entierro en su estomago, esos dientes salen y entran, la carne baila dentro suyo, luego se desgarra un gran pedazo de piel, tiro el tenedor, alzo mis dedos hasta su pelvis, penetro su vagina, ella cierra sus ninfas y mira hacia arriba, Otra vez en la terraza, el cielo parece pintado con acrílico, nos acostamos debajo de la escalera, ella se apoya en mi pecho y yo la sostengo con lo me queda me brazos, hay una pequeña ventana opaca, vemos como se derrite la ciudad, y la tapo con una sabana celeste.
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