miércoles, 6 de mayo de 2009

Engaño

El timón en esa tarde regia un espantoso movimiento, mis brazos parecían romperse por la presión que ejercía la cuerda que me unía al timón. Lo veía a carne viva. Las olas carcomían mis respiros cada segundo. La ropa mojada me tiraba al suelo, quebrando mis tobillos. Unos minutos más y el barco se hundiría en la claridad de la tarde. Javier gritaba desde el mástil, divisando el horizonte, eran mudos considerando el pánico y la locura. Allá, en la línea de lo eterno, estallaban relámpagos estridentes que rebotaban en el tímpano dejando un perturbador eco. El panorama se disuelve en si mismo, como una gota de agua en un vaso lleno. Las botellas de vino enrojecieron una parte de la proa que permanecía inundada. Algunos hombres trataban de sacar los grandes charcos de agua roja con baldes, lo hacían repetitivas veces, obteniendo resultados nefastos para sus autoestimas. Pero lo seguían haciendo.
Javier parecía perturbado por algo, dejo de mover los brazos frenéticamente como lo hacia segundos antes. En este momento cualquier sentimiento percibido es valido. Se dio vuelta para mirarme, sus ojos trasmitían miedo. Me empezó a gritar, desde acá abajo no podía escucharlo.
-¡¿Que decís?! Parecía no escucharme, una conversación sorda. La primera vela cayo, golpeando el techo de la habitación de mandos. Ahora los relámpagos callaron un poco, pero el océano seguía golpeado el barco.
-¡¿Se escucha que?! La maldita llovizna tampoco me dejaba ver con claridad, seguro que el tampoco me veía.
-¡¡¡Se escucha las risas de las sirenas!!!
"¿Como puede escuchar con tanto caos?" Lo mire... ¿sirenas?...parece que perdió la mente en el océano. Su mirada era de angustia. Tiro algo al mar, parecía una pulsera, bajo del mástil rápidamente. Toco el piso, se resbalo por el agua y callo, entro en la habitación de mando en rodillas, sus piernas le temblaba por el miedo. Los demás que estaban afuera lo miraron e hicieron lo mismo. No veo la diferencia entre el adentro y el afuera, Si el barco se hunde moriríamos todos, parece que querían ver su muerte con los ojos cerrados. Pero yo no, siempre hay un segundo de optimismo, por eso me quede afuera tratando de llevar el barco a superficie estable. Las nubes chocaban entre si desatando aullidos secos. El océano no murmuraba en la oscuridad, para mi, no en la oscuridad. La tormenta, más allá de este, cualquier situación de peligro desata cualquier sentimiento. Un auto engaño. Tenia las nubes muy cerca, alce la mano derecha para tratar de tocarlas. Sentí un denso viento en mis dedos, la baje y tome nuevamente el timón. Sentía hundirme en la tarde. La débil luz de los relámpagos reflejaba mi cabeza, se traslucía en mi retina de por vida.
Otra vez los sentimientos, un acto de deformación, me sentí solo y en este punto perdido. También una angustia insoportable que empecé a llorar, desate la cuerda y me aleje del timón, más y más devorado por la lluvia. Trate de abrir la pequeña puerta de la diminuta habitación de mando, esta cerrada desde adentro, golpee con los puños cerrados con fuerza. Los nudillos empezaron a sangrar, apareció un rostro en el vidrio y me abrió la puerta. Entre y cerré en seguida. Todo yacía en silencia, otro auto engaño, se podía escuchar el leve arroyo que pasaba por arriba. Un sonido subía de frecuencia en la habitación, recorrió desde mi oído derecho hasta el izquierdo. Unas finas y relajantes risas, risas de lamento pero eternamente hermosas. Reían a carcajadas, estallando en la profundidad del océano.

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